ERNESTO
Texto
Economía… ¿del Comportamiento?
Una de las primeras lecciones que aprenderá un estudiante de la licenciatura en economía es el concepto de Homo œconomicus. Este plantea que, con la información adecuada, las personas actuamos de manera racional, buscando maximizar utilidad y obtener los mayores beneficios con un esfuerzo mínimo.
Si bien, el concepto funciona como una simplificación que permite la creación de elaborados modelos económicos, en realidad quizá ningún ser humano actúa de manera 100% racional el 100% del tiempo.
Muy al contrario, en muchas ocasiones nuestras decisiones van en contra de nuestros propios intereses y/o de los intereses de la comunidad.
Un ejemplo claro es la salud. Si bien una buena salud es un beneficio individual de quién la goza, el tener una mala salud supone afectaciones que se traducirán a lo económico a través de ausencias laborales, menor productividad, gastos de emergencia e incluso una menor esperanza de vida productiva.
Pero a pesar de saber esto las personas siguen tomando decisiones que terminan por afectar su salud.
Preferir refrescos al agua natural, un maratón de Netflix sobre salir a caminar o brincarse los chequeos médicos semestrales pudieran parecer decisiones que atañen solo a quién las toma. “Mientras no afecte a nadie más, tengo la libertad de afectarme a mí”, es quizá el pensamiento de quién conscientemente actúa de esta manera.
Pero al repetirse a gran escala, estas decisiones terminan teniendo graves afectaciones sociales que, en última instancia, se traducirán en algún tipo de afectación económica.
Es en este contexto en el que nace la Economía del comportamiento, ciencia que amplía el enfoque de la economía clásica y su concepto de Homo œconomicus, para empezar a tomar en cuenta el cómo influyen nuestras emociones en nuestras decisiones.
Esta parte de la idea de que todas nuestras decisiones tienen tanto un componente racional como uno emocional, y su objetivo, como ciencia, es el crear modelos económicos más fieles al mundo real y dar paso a programas y políticas públicas que incentiven ciertas maneras de actuar sobre otras.
Un ejemplo sencillo de cómo funcionarían políticas o acciones basadas en los principios de esta economía conductual es la reciente propuesta del Premio Nobel de Economía, Richard Thaler, que invita a subastar un número de vacunas contra el Covid a los ricos y con esto evitar que se salten la fila y al mismo tiempo recaudar fondos para buenas causas.
En general, el conocer los principios de la economía del comportamiento es aprender a ligar objetivos sociales a incentivos individuales, pero también el pensar en cómo determinadas situaciones pueden afectar el comportamiento social y tener la capacidad de actuar para evitar afectaciones e incluso generar beneficios.
Todo lo sólido se desvanece en la nube
Desde hace ya algunos años la manera en que las personas generamos valor ha cambiado en su forma, impulsando un nuevo paradigma de hacer negocios.
A la par de la producción de bienes tangibles (autos, ropa, muebles, infraestructuras), las sociedades más avanzadas en cuanto a desarrollo tecnológico y de las comunicaciones han sido las primeras en entrar en una etapa de algo que podríamos llamar ‘tercerización económica’ o el paso a una economía de lo intangible.
Recordemos, de las clases de economía básica, como la producción de un país puede dividirse en tres sectores:
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Primario: agricultura y extracción de materias primas
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Secundario: manufactura
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Terciario: servicios
Pues bien, hay quienes defienden que a lo largo de la historia estos tres sectores han sido sucesivamente dominantes en alguna etapa de la misma. Si durante la edad media dominó el paradigma de la producción agrícola/extractiva y luego de la revolución industrial se dio paso a un sector secundario dominante; hoy, en la era de las tecnologías de la información, el sector servicios es el que prima y marca la pauta a la hora de emprender proyectos.
Este desplazamiento de un sector por otro trae también consigo un cambio cualitativo que como actores económicos no debemos pasar por alto: la preeminencia del sector servicios cambia la manera en que funcionan los sectores agrícola e industrial.
Podemos observar claramente este fenómeno cuando, por ejemplo, vemos como necesidades que antes eran satisfechas al comprar un producto ahora se satisfacen mediante la contratación de un servicio o suscripción. Los casos más recientes y emblemático son los streamings como Netflix, Amazon Prime o Disney+, o los servicios de renta de transportes como Uber o Didi.
En el contexto actual, donde la movilidad social está restringida y muchos modelos de negocios han sido socavados por la pandemia de Covid-19, no debemos perder de vista las experiencias exitosas de integración a esta lógica en donde el nuevo imperativo gerencial es el tratar la producción como si fuera un servicio.
¿Tienes un gimnasio? ¿Por qué no ofrecer rutinas en línea con algún valor agregado a tus suscriptores?, ¿Tu negocio es un restaurant? ¿Y si le ofreces a tus clientes más fieles ‘bonos’ canjeables por producto?, ¿Fabricas muebles? Podrías activar tus redes sociales para abrir peticiones sobre pedido y así ahorrar costos.
A medida en que avanzamos hacía una sociedad que seguirá promoviendo el aislamiento social y la comunicación a distancia, se hace más claro el por qué durante su última cumbre en Davos, el Foro Económico Mundial (WEF) predijo como "En 2030 no tendrás nada y serás feliz". Si esto llega a concretarse podríamos decir que, efectivamente, todo lo sólido se desvanece… en la nube.